Éxodo 32:1-10
SÓLO HAY UN DIOS
“¡Ahora déjame en paz, que estoy ardiendo de enojo y voy a acabar con ellos! …de ti voy a hacer una gran nación”. Éxodo 32:10
¿Se imagina a Dios enojado? No simplemente disgustado o molesto, sino “ardiendo de enojo”. Por lo general, tenemos una imagen distinta de él. Alegre, compasivo, tolerante, sí, pero ¿un Dios airado? Aunque solo pensarlo debería hacernos temblar, si leemos la Biblia con detenimiento, nos daremos cuenta que la mención de la ira de Dios es bastante frecuente en sus páginas.
Lo que el pasaje de hoy nos muestra es que su ira no siempre va dirigida contra sus enemigos. En ocasiones, es su pueblo el que provoca su enojo, y de una manera flagrante. ¿Tenía motivos Dios para estar enojado con los israelitas, al grado de amenazar con extinguirlos? ¡Por supuesto! Fabricarse un becerro de oro, no solo era un pecado atroz. Más grave es el hecho de que hayan atribuido a ese ídolo la gloriosa liberación que el Dios invisible había hecho por Israel.
Con todo, este relato tiene un final feliz. Moisés intercede por el pueblo, diciendo: “Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac e Israel…” Dios escuchó su ruego y se compadeció de su pueblo. Los creyentes del nuevo pacto tenemos un intercesor más grande que Moisés: a Jesucristo, el Hijo de Dios. Él sufrió la ira de Dios por nosotros, y por medio de él podemos acercarnos confiadamente ante el trono de Dios. Confiemos en su gracia, y vivamos así para agradar al Dios vivo.
Querido Dios, nunca doblaré mis rodillas ante otros dioses porque no hay un Dios como tú. Sólo tú tienes palabras de vida eterna. En Cristo, Amén.