Deuteronomio 1:26-33, 41-46
¿DE QUIÉN ES EL RECHAZO?
“Sin embargo, ustedes no confiaron en el Señor su Dios, el cual iba delante de ustedes”.
Deuteronomio 1:32-33
“Ustedes no confiaron en el Señor”, acusa Moisés a los israelitas. Él dice, “ustedes”, no “ellos”. Pero “ellos” eran solo niños en ese momento, o tal vez ni siquiera habían nacido. ¿Por qué se culpa a estos niños por lo que sus padres habían hecho? Se parece mucho al caso de Adán y Eva y su posteridad: el pecado de la primera generación en el desierto afectó a todos sus descendientes. Esta historia de la rebelión del pueblo es un espejo en el que Israel debe observarse a sí mismo. Les recuerda, les advierte y los empuja en la dirección correcta. Todo se reduce a esto: No repitas los pecados de tu pasado.
Como verdaderos descendientes de Adán y Eva, escuchamos a menudo la voz del tentador. Tocamos lo que está prohibido y miramos lo que nuestros ojos deben evitar. Somos expertos en mostrarle a Dios y a nuestro prójimo lo poco que realmente los amamos, y nuestra tendencia innata al egoísmo. Esa es la realidad de la historia humana como la Biblia la describe: nadie es justo; nadie está sin pecado ante Dios.
“No confiaste en Dios”, nos dice Moisés a ti y a mí. “No creíste en la promesa de su don de vida”. Pero vayamos a Él ahora. Cree en Jesús, que confió en que Dios su Padre lo resucitaría de entre los muertos al tercer día. Deja que Jesucristo sea el espejo en el que veas reflejado tu verdadero ser.
Fui yo, oh, Cristo, quien te crucificó. Ayúdanos a confiar en tus promesas este día, Señor, y para siempre, en tu nombre, amén.