1 Juan 1:5-10
CUANDO EL PECADO SALE A LA LUZ
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros”.
1 Juan 1:8
Quizá no lo haya dicho, pero lo ha escuchado. “El hombre es básicamente bueno” le han repetido hasta el cansancio, y ha preferido creerlo. ¡Qué alivio es poder responsabilizar a otros de nuestras faltas! La sociedad corrompida, padres demandantes, y hasta los astros se reparten la culpa de nuestras fallas y decepciones. O, simplemente, como en el pasaje, negamos que la maldad y el pecado existan.
Pero una creencia así no ha hecho mucho por mejorar la sociedad en la que vivimos. Los índices de violencia no han disminuido, la corrupción en los gobernantes no ha desaparecido, y tampoco ha mejorad la calidad de vida en la familia. La maldad es algo tan esparcido como el aire que respiramos. Negarlo es caer en el autoengaño.
¿Qué tal si sacamos el pecado a la luz? No me refiero a evidenciar las faltas de alguien, sino a sujetar nuestra vida a una evaluación divina. Dios es luz, y no hay nada que pueda quedar oculto en un examen. Él nos llama a venir y vivir en la luz, y enfrentar nuestra verdadera condición. Y esto es reconfortante. Porque él no busca avergonzarnos o engañarnos con falsas expectativas. Lo que Dios nos ofrece es un perdón y limpieza total, “si confesamos nuestros pecados”. Y no hay que temer un desabasto o falta de cobertura: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.
Padre, te doy gracias por tu Hijo, porque en él tenemos provisión para nuestra condición, y perdón para vivir en comunión contigo. En el nombre de Jesús, amén.