Éxodo 40:34-38
EL PELIGRO DE LA BELLEZA
“Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba”. Éxodo 40:35
¿Alguna vez ha estado en lo alto de una montaña? La grandeza de la creación suele producir asombro y, al mismo tiempo, respeto. Lugares como el Monte Everest reflejan la majestuosidad y el poder del Creador, pero también nos recuerdan lo pequeños y vulnerables que somos. Aquello que nos cautiva con su belleza también puede ser peligroso, porque su inmensidad exige cuidado y reverencia.
En cierto sentido, el tabernáculo producía una reacción semejante. Llenaba al pueblo de alegría y asombro al recordar que Dios habitaba en medio de ellos. Pero cuando la nube de su presencia descendía sobre el tabernáculo, también surgía un problema. La santidad de Dios es tan perfecta que nada impuro puede permanecer delante de Él. Incluso Moisés tuvo que actuar con cuidado, pues Dios le dijo: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20).
Nosotros nos enfrentamos a un problema similar. Podemos anhelar la presencia de Dios, pero debido a nuestra naturaleza pecaminosa somos imperfectos. Por eso es una bendición que Dios haya provisto un camino para que las personas vivan en su presencia. Su Hijo, Jesús, vino y pagó la deuda de nuestro pecado, ¡para que podamos ser declarados justos ante Dios (Romanos 3-4)! Y ahora, gracias a la obra consumada de Jesús, podemos ser renovados y disfrutar de una vida con Dios para siempre.
Señor Jesús, cargaste nuestra culpa y pecado para que pudiéramos vivir en presencia de Dios. Danos el deseo de vivir cada día para Ti. En tu glorioso nombre, Amén.