1 Samuel 2:1-11
ORACIONES VALIENTES
“Y Ana oró y dijo: Mi corazón se regocija en Jehová, mi poder se exalta en Jehová”
1 Samuel 2:1
¿Se ha puesto a pensar alguna vez en las implicaciones de nuestras oraciones? En algunas de ellas prometemos o pedimos cosas como éstas: “mi mente toma, oh Dios”, “No daré mi amor a nadie más que a ti”, “Renuévame… pon en mí tu corazón”. ¿Entendemos realmente lo que pedimos?
Ana, una mujer israelita, sabía lo que pedía. También estaba consciente de lo que prometía: “Si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y…dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida”. Para una mujer estéril, cuya aflicción era no tener hijos, esta promesa se antoja difícil de cumplir.
Cuando el Señor respondió su oración y le dio un hijo, Ana no volvió a la casa de Dios en dos o tres años. ¿Se habría arrepentido de su ofrecimiento? De ninguna manera. Solo estaba esperando que el niño no necesitara del alimento materno. Cuando volvió lo hizo para entregar el niño al servicio de Dios en medio de un ambiente de adoración y ofrendas de gratitud al Señor.
“Mi corazón se regocija en Jehová”, comienza su oración de ese día al Señor. No hay reclamos, ni remordimiento. ¿Quién puede hacer una oración así en un momento como éste? María, la madre del Señor. Su famoso cántico está inspirado en las palabras de la oración de Ana. Ambas tuvieron que entregar a su hijo para servir al Señor.
Padre, perdónanos por olvidar a veces los votos que hacemos y por elevar a veces oraciones que no pensamos cumplir. En Jesús. Amén.