04 de abril del 2026
Lucas 23:50-56
EL ÚLTIMO ENEMIGO
“Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie”. Lucas 23:53
El sepulcro de Jesús ha sido motivo de búsqueda, debate y curiosidad durante siglos. Algunos han querido encontrar pruebas que confirmen o nieguen la resurrección. Otros, de manera más romántica, destacan que el sepulcro “no había sido usado antes”, como si ese detalle suavizara el dolor de la cruz. Pero para los cristianos, el hecho de que Cristo fue sepultado tiene un significado mucho más profundo. No fue una formalidad religiosa ni un detalle histórico menor. Fue la confirmación de que el Hijo de Dios se hizo verdaderamente humano, que asumió por completo nuestra condición, incluso en la experiencia más definitiva: la muerte. Su cuerpo inerte, envuelto en una sábana y colocado en la roca fría, proclama que la encarnación no fue apariencia, ni ilusión. Jesús murió de verdad. Descendió hasta lo más profundo de nuestra realidad humana, hasta donde el pecado había extendido su sombra. Y es que ese descanso en la tumba era parte del plan eterno: el Cordero debía probar la muerte para vencerla. El lugar donde fue colocado el cuerpo de Cristo no es un monumento a la derrota, sino el punto donde la muerte fue vencida desde adentro. Y así también en tu vida: aun en lo que parece un final, en los duelos o en las noches más oscuras, el poder de Cristo sigue obrando. Porque el mismo que fue puesto en una tumba… ya no está allí.
Te alabamos y bendecimos, Señor, por tu victoria en la cruz. Haz que esta verdad nos ayude a confiar en que sigues obrando con poder en nuestras vidas. Amén.
El libro de los Hechos no es un relato cerrado, sino una historia que sigue viva. Comienza con un pequeño grupo de creyentes en Jerusalén y se expande, por obra del Espíritu Santo, hasta los confines del mundo. No es la historia de grandes héroes, sino la de un Dios que usa a personas comunes para cumplir un propósito extraordinario. Hechos nos recuerda que la iglesia no es un monumento, sino un movimiento. No somos espectadores de lo que Dios hizo, sino participantes de lo que Dios está haciendo hoy. En estas páginas, que comienza con los últimos capítulos de Lucas, veremos al Espíritu guiando, fortaleciendo y renovando a su pueblo en medio de toda circunstancia. Y comprenderemos que ese mismo poder sigue actuando en nosotros. Cada creyente, cada congregación, escribe un nuevo capítulo de esta historia. Por eso pedimos, como la iglesia primitiva: “Señor, concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra”. Porque el Espíritu que los impulsó a ellos… es el mismo que hoy nos impulsa a nosotros.
Huascar de la Cruz
Es casado y tiene cuatro hijos. Ha sido pastor en México por largo tiempo, y en la actualidad funge como el director del Ministerio Reforma.