Mateo 28:16-20
LA VIDA EN SOLEDAD
“[…] y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén”. Mateo 28:20
La soledad se ilustra con un paisaje inhóspito y desierto. Pero la realidad puede ser lo opuesto, porque no depende de cuántas personas nos rodean, sino de las barreras que nos separan de ellas. Eso puede ocurrir en un lugar nuevo, en un trabajo distinto o incluso en medio de una multitud. Es un vacío que incomoda el alma, un anhelo de conexión que no siempre sabemos cómo expresar, pero que pesa en el corazón.
El evangelio nos ofrece una respuesta a esa soledad desde dos direcciones. La primera es la presencia de Cristo. Al final de Mateo, Jesús no da una técnica ni una promesa vaga; da su propia compañía: “estaré con vosotros todos los días”. No algunos días, no cuando lo sintamos, sino todos los días. Esa presencia no depende de nuestro estado emocional, sino de su palabra. Y su palabra no falla.
La segunda dirección es la comunidad. Dios no diseñó la fe para vivirla en solitario. Aun cuando la iglesia decepciona, aun cuando no encontramos compañía para el ministerio que queremos ejercer, el propósito de Dios para la comunidad sigue en pie. Vale la pena buscarla, construirla y sostenerla, porque es ahí donde la presencia de Cristo se hace tangible a través de otros. La soledad más profunda no se vence solo con sentir a Dios cerca, sino también con dejar que otros caminen con nosotros.
Padre celestial, ayúdanos a reconocer tu presencia en nuestras vidas y permítenos adorarte en una comunidad de fe. Permite que tu Espíritu llene nuestros corazones. En Jesús, Amén.