Juan 9:1-12
NINGÚN HIJO ES UN ERROR
“Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Juan 9:2
Basta cerrar los ojos por unos segundos para que la oscuridad nos inquiete. Imagine entonces lo que es vivir así todos los días. Quienes disfrutamos plenamente de nuestros sentidos difícilmente comprendemos lo que significa enfrentar una limitación física desde el nacimiento. Y lo que no entendemos muchas veces intentamos explicarlo con juicios apresurados. Eso hicieron los discípulos. Buscaron una causa, un culpable. Pero Jesús rompió ese esquema simplista: “No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3). Donde otros ven castigo, Jesús ve propósito.
En el corazón de Cristo siempre hay un “para que”. Un escenario donde la gracia puede brillar con más fuerza. Los hijos con alguna incapacidad no necesitan lástima; necesitan amor. No siempre podremos sentir lo que ellos sienten, pero ellos sí pueden sentir lo que nosotros les transmitimos. Aunque alguien no vea, puede sentir el calor de una caricia. Aunque no oiga como nosotros, puede percibir la vibración de una palabra dicha con amor.
Ningún hijo es un accidente en las manos de Dios. Cada vida es terreno santo donde Dios obra para su gloria. Y cuando aprendemos a amar como Cristo, dejamos de preguntar “¿por qué?” y comenzamos a vivir el glorioso “para qué” de Dios, convirtiéndonos en instrumentos vivos de Su gracia.
Señor Jesús, enséñanos a tratar a nuestros hijos y a cumplir tu obra de amor. Cura nuestra indiferencia y limpia nuestros sentimientos. Amén.