10 de abril del 2020
Salmo 90:3-10
QUIERO IR AL CIELO SIN MORIR
“Haces que el hombre vuelva al polvo cuando dices: «Vuelvan al polvo, seres humanos».”
Salmo 90:3
A menudo escucho decir a la gente: “Yo quiero ir al cielo, pero no quiero morir”. La ciencia moderna está tratando de conceder ese deseo a muchos. Leía de un estudio realizado en Bélgica, en el cual se ha puesto a prueba una vacuna, usando componentes del conocido medicamento para la diabetes, metformín. Los encargados de su desarrollo prometen que, si logran su cometido, la vacuna incrementaría el plazo de vida de una persona en un 50 por ciento. Sin dudas, los avances de la tecno-medicina nos enfrentan a muchos desafíos éticos que, en ciertos casos infunden temor, pero con todo, damos gracias a Dios por la ayuda que prestan a la humanidad con cada descubrimiento. Pero debe quedar claro que, por mucho que la ciencia médica se supere, jamás será capaz de erradicar la muerte, menos otorgar vida eterna a nadie. El Salmo 90 pone las cosas en contexto, diciendo que: “nuestros años se van como un suspiro. Setenta son los años que vivimos; los más fuertes llegan hasta ochenta… ¡Los años pronto pasan, lo mismo que nosotros!” (Salmo 90:9-10). La ciencia no puede ir en contra de esta ley divina, haciendo cuerpos indestructibles. Somos frágiles y a todos nos llegará el día de morir. El único antídoto para la decadencia y la muerte es Jesús, quien dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25).
Padre eterno, mi corazón te agradece por haber provisto el camino a tu excelsa presencia. Sé que, porque tú vives, yo también viviré. Amen.