Hebreos 2:14-18
LA MUERTE DERROTADA
“Así que…, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”. Hebreos 2:14
¿Siente usted temor a la muerte? Es algo natural. No sabemos cuándo vendrá, ni cómo será. Pero ese temor, muchas veces, deja de ser solo una inquietud y se convierte en una cadena que esclaviza. Y hay alguien que la usa a su favor.
En medio del pecado y la culpa, el diablo ha levantado su dominio. No porque sea soberano sobre la muerte —esa autoridad le pertenece solo a Dios—, sino porque el pecado produce muerte, y la culpa mantiene al ser humano bajo condenación. Pero la historia no termina ahí. Cristo vino al mundo no solo para compartir nuestra vida sino para enfrentar lo que más tememos: la muerte. Nació para morir. Pero no como todos. Murió con intención.
Hebreos nos dice que se hizo semejante a nosotros para entrar en nuestro mundo, en nuestra condición, y llegar hasta el punto más oscuro de la experiencia humana. ¿Para qué? Para destruir al que tenía el imperio de la muerte. Cristo entra en el terreno del enemigo. Entra en la muerte misma. Y desde dentro la derrota. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta triunfante el apóstol Pablo. Cristo ha roto las cadenas que el maligno usaba para oprimirnos. La guerra ha sido decidida. La victoria ha sido asegurada. Y ahora, en Él, ya no vivimos esclavizados por el temor, sino libres, y con un gozo que ni siquiera la muerte puede apagar.
¡Gracias Señor Jesús, por la vida nueva que nos das! Nos gozamos en tu victoria. Llévanos a proclamar el evangelio y las buenas nuevas de salvación. Amén.