Romanos 12:9-21
LLORANDO Y RIENDO
“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran”. Romanos
¿Alguna vez has tenido que celebrar el logro de alguien más en un momento en que tú estabas luchando? Aplaudir el ascenso de un amigo cuando tú llevas meses buscando trabajo, alegrarte por el embarazo de una amiga cuando tú has perdido uno, es uno de los ejercicios más difíciles del corazón. Y sin embargo, es exactamente a lo que el evangelio nos llama. Porque la empatía genuina no solo acompaña en el dolor, también sabe alegrarse de verdad por el bien ajeno, sin calcular, sin comparar.
Pablo no nos da aquí una sugerencia de etiqueta social, sino una descripción de cómo vive quien ha sido transformado por el evangelio. Alegrarse con quien se alegra requiere haber muerto al egoísmo. Llorar con quien llora requiere haber salido de uno mismo. Ninguna de las dos cosas ocurre de manera natural; ambas son fruto del Espíritu que ensancha el corazón más allá de sus límites naturales.
Ahí es donde el evangelio transforma nuestra manera de vivir. Cuando entendemos que Dios obra en cada vida con propósito, dejamos de compararnos y comenzamos a celebrar. Aprendemos a amar sin medida: llorar sin reservas y alegrarse sin envidia. El Espíritu Santo ensancha nuestro corazón, para que podamos ser instrumentos de ánimo, reflejando el amor de Cristo en cada momento, ya sea en el dolor o en la alegría.
Ayúdame, Señor Jesús, a dejar de lado la envidia para compartir la alegría de los demás. Permítenos ver el propósito para el que fuimos creados, y servir en la tristeza o la alegría. Amén.