Salmo 8:1-9
CORONADOS DE GLORIA Y HONRA
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”. Salmo 8:4
¿Cuándo fue la última vez que se detuvo a mirar el cielo en una noche despejada? Si alguna vez ha estado en el campo, lejos de las luces de la ciudad, sabe que la luna y las estrellas producen una extraña sensación. Por un lado, nos llenan de admiración al descubrir cuánta grandeza y belleza pueden desplegarse en medio de la oscuridad. Pero, al mismo tiempo, nos hacen sentir pequeños. Aun sin conocer mucho acerca del universo, intuimos que existe una inmensidad que está completamente fuera de nuestro alcance.
Esa misma experiencia tuvo el autor del Salmo 8. Después de contemplar los cielos, no se dedicó a hacer anotaciones acerca del movimiento de los astros. Lo primero que hizo fue formular una pregunta: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”.
Es una pregunta que no envejece. En un universo tan inmenso, ¿por qué habría de fijarse Dios en nosotros? ¿Qué importancia puede tener nuestra vida frente a galaxias incontables y estrellas que llevan brillando desde hace tanto tiempo? Pero, en lugar de hundirse en la desesperación David nos dice algo que puede sorprenderle: Dios hizo al hombre “poco menor que los ángeles, y lo coronó de gloria y de honra”. Es Dios mismo, quien nos ha dado la vida, quien nos dice cuánto valemos, qué tan importantes somos para él.
Querido Dios, gracias porque mi valor radica en que me has creado para reflejar tu gloria. Ayúdame a vivir con esa certeza. En Jesús, Amén.